La odisea de la verdad en una era de verdades artificiales

Vivimos en internet bajo una regla silenciosa pero peligrosa: ya no dudamos de las cosas para buscar la verdad, sino que a veces elegimos creer en mentiras artificiales si estas nos dan la excusa perfecta para odiar. Con la llegada de la inteligencia artificial generativa y la cultura del rumor, el viejo dicho de «ver para creer» murió. El verdadero problema actual parece ser el hecho de que no es solo que la tecnología mienta bien, sino que preferimos la mentira cómoda antes que el hecho verificado. La verdad en internet ha dejado de ser un terreno común para convertirse en un accesorio que acomodamos a nuestros prejuicios.

El caso de Elliot Page: odio y críticas a ciegas

Esa distorsión de la realidad se nota con fuerza cuando entran en juego el cine y la cultura pop. Un ejemplo perfecto de esto está pasando con la nueva adaptación cinematográfica de La Odisea, dirigida por Christopher Nolan. Meses antes de su estreno, comenzaron a circular en redes sociales imágenes creadas con IA y rumores que aseguraban que el actor trans Elliot Page interpretaría al mítico guerrero Aquiles. La reacción en cadena fue inmediata: miles de usuarios (en su mayoría hombres) dieron la noticia por real y activaron la maquinaria del odio, generando campañas de boicot y posteriormente reseñas negativas contra la película antes de que nadie pudiera verla en cines.

Lo más absurdo es que todo este enojo virtual se basaba en una mentira. En la película, Page no interpreta a Aquiles, sino a Sinón, un soldado importante en la caída de Troya. Pero a la masa digital no le importó el dato real; la ficción de su propia indignación ya era suficiente para atacar incluso al propio Nolan. Es curioso, porque él siempre fue el director más admirado y defendido por este mismo perfil de usuarios. Sin embargo, bastó un rumor falso para que lo tildaran de «progre» y de ceder a la «inclusión forzada», ignorando de paso que si algo se le ha cuestionado cinematográficamente a Nolan en su carrera es, precisamente, lo planos que suelen ser sus personajes femeninos. Pero en la era de la indignación artificial, la coherencia no importa: se puede hacer una crítica legítima a nivel técnico o de guión sobre cualquier obra, pero cuando el argumento se guía por estereotipos y prejuicios, pierde toda seriedad.

El debate que secuestra la falta de educación mediática

Este impulso de criticar a ciegas deja en evidencia una alarmante falta de educación mediática en nuestra sociedad, donde saber usar un teléfono no es lo mismo que saber consumir información. Al carecer de herramientas críticas para analizar lo que vemos en redes, permitimos que el afán de justificar odios raciales y transfóbicos secuestre conversaciones culturales que de otro modo serían fascinantes. Tampoco hace falta ser un erudito literario ni haber leído la obra completa para notar lo absurdo del reclamo; basta con revisar un resumen para recordar que estamos hablando de adaptar una obra épica de miles de años nacida de la tradición oral. La Odisea fue creada para ser cantada y escuchada en plazas, no para funcionar como un catálogo de modelos ni un registro fotográfico. Pretender exigir una «fidelidad visual exacta» a historias que pertenecían a la imaginación colectiva y a la palabra hablada demuestra que la indignación en redes solo busca cualquier pretexto para atacar.

De hecho, la película se basa en el aclamado trabajo de Emily Wilson, una renombrada clasicista británica y profesora de la Universidad de Pensilvania, quien hizo historia al convertirse en la primera mujer en traducir La Odisea al inglés. Wilson tomó la decisión consciente de desmantelar esos siglos de sesgos editoriales masculinos, reemplazando expresiones injustamente despectivas hacia los personajes femeninos que traductores hombres habían impuesto para amoldar el poema a las normas morales de sus respectivas épocas. Su trayectoria y su obra nos invitan a pensar en cómo las historias antiguas han sido distorsionadas por los ojos de quienes las transcriben. Al igual que ocurre hoy con los sesgos de la inteligencia artificial, la literatura antigua también se moldeó exclusivamente para y por los hombres que entonces la consumían y controlaban, dado que a las mujeres ni siquiera se les permitía aprender a leer.

Esta fijación con la apariencia de los personajes también ignora el peso de Hollywood, que históricamente ha instaurado una narrativa visual muy específica y blanqueada sobre cómo «deben» verse los protagonistas de estas epopeyas. Se olvida, además, la inmensa riqueza racial y cultural que históricamente ha caracterizado al Mediterráneo: Grecia nunca fue una isla aislada, sino un punto de encuentro dinámico cercano al norte de África, conectado por el comercio marítimo, las rutas terrestres y los constantes movimientos migratorios producto de alianzas y conflictos en la región. Por eso, cabe hacerse la pregunta: ¿cómo pretendemos apelar a una falsa «rigurosidad histórica» para exigir rasgos estandarizados en personajes que nacieron de un canto mitológico en una zona hiperconectada y diversa? La hipocresía de este argumento queda en evidencia cuando notamos que nadie parece criticar la ausencia total de actores griegos en el elenco principal; la exigencia de «fidelidad» solo aparece cuando sirve como excusa para discriminar. En lugar de tener conversaciones sobre la diversidad real del Mediterráneo antiguo, debatir los sesgos de la traducción o la evolución cultural de los mitos, la falta de criterio nos reduce a insultos en redes sociales.

Responsabilidad humana y sesgos tecnológicos

Pero la responsabilidad sobre este ecosistema no es solo de los usuarios; la tecnología misma pone de su parte. Si bien es cierto que cada persona tiene la tarea individual de discernir qué es real antes de compartir algo, este caso también muestra los sesgos de la propia inteligencia artificial. Las herramientas que generaron las imágenes falsas de Elliot Page no son neutrales: para recrear al actor encarnando a Aquiles, los algoritmos le devolvieron facciones marcadamente femeninas que ignoran por completo su transición y su realidad actual. Este sesgo tecnológico borra la identidad del actor y la reemplaza por un estereotipo visual automatizado que ni siquiera se ajusta a cómo luce realmente en su caracterización de Sinón. La IA no solo reproduce prejuicios humanos, sino que, frente a audiencias poco críticas, los empaqueta como «verdades visuales» listas para el consumo.

A la larga, exponerse constantemente a este tipo de contenidos termina por moldear y desgastar nuestro nivel de empatía. Al mal acostumbrarnos a ver situaciones y cuerpos fabricados a la medida de nuestros intereses o de nuestros odios, empezamos a mirar el mundo a través de una pantalla anestesiada. Cuando ya no sabemos qué es real y qué no, o cuando asumimos que todo es un meme o un montaje diseñado para generar una reacción, dejamos de conmovernos por lo que le pasa al otro. 

Cuando las copias reemplazan a la realidad

El filósofo Jürgen Habermas explicaba que para que una sociedad funcione, necesitamos una «esfera pública»: un espacio común donde debatir basándonos en argumentos lógicos y hechos compartidos. Sin embargo, internet ha fragmentado tanto ese suelo común que el diálogo se vuelve imposible. Si una parte se apoya en datos reales y la otra en un invento de la IA que decide creer, no hay forma de llegar a un entendimiento.

Frente al optimismo de Habermas, que cree que el debate se puede reparar rescatando la verdad, el pensador Jean Baudrillard ofrece una mirada más radical a través del concepto de «simulacro». Para Baudrillard, las imágenes y simulaciones se han vuelto tan potentes que terminaron por devorar y reemplazar a la realidad misma. Bajo su lógica, la foto falsa de Elliot Page como Aquiles no es solo una mentira que interrumpe el diálogo; es una simulación que se basta a sí misma para generar odio y efectos políticos reales.

Aquí es donde ambos filósofos se contraponen. Mientras Habermas denuncia que la desinformación rompe las reglas del juego democrático, Baudrillard nos advierte que el juego mismo cambió: a la masa digital ya no le interesa el hecho real. La gravedad del asunto es que el público prefiere habitar la comodidad de una simulación artificial antes que la complejidad del mundo real, simplemente porque el simulacro es mucho más útil para justificar sus propios prejuicios.

Del monitor a la calle

No se trata, bajo ninguna circunstancia, de satanizar la inteligencia artificial ni ninguna otra herramienta tecnológica, así como tampoco de vigilar el pensamiento o decirle a la gente qué opinar. Sin embargo, es necesario recordar que un discurso de odio no puede escudarse nunca en la libertad de expresión, ya que su único fin es entrar en el juego de negarle la expresión de género, la identidad y la propia realidad al otro, silenciando a quienes históricamente han sido vulnerabilizados. El verdadero llamado es a usar la tecnología de manera crítica y a no dejar de lado la empatía y las características esenciales que nos hacen humanos. Al fin y al cabo, la diversidad (ya sea de género, racial o cultural) es la realidad de la humanidad desde hace miles de años; existió en el Mediterráneo antiguo de Homero y existe hoy en nuestras ciudades. Por mucho que los algoritmos sesgados y las cámaras de eco digitales intenten convencer a los detractores de lo contrario, la pluralidad del mundo real no se puede borrar con un prompt o una reseña negativa hacía una película.

La tecnología puede inventar cualquier realidad, pero la responsabilidad de elegir en qué decidimos creer, y a quiénes decidimos dañar en el camino, sigue siendo nuestra. Desde Hiperderecho creemos que defender nuestros derechos en internet no es solo hablar de privacidad o de algoritmos; es defender el derecho a una realidad compartida donde todas las personas puedan vivir libres de violencia, tanto dentro como fuera de la pantalla. Si dejamos que el odio se alimente de verdades artificiales, la única odisea que nos quedará será la de intentar recordar cómo ser humanos.

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